sábado, 12 de septiembre de 2015

Volver la mirada hacia las fronteras: la historia en perspectiva region. Dra en Historia Susana Bandieri



Volver la mirada hacia las fronteras: la historia en perspectiva regional

                                                                       Susana Bandieri*

Presentación del problema

En la Argentina, como en muchos otros países, el peso de los elementos fundantes de la historiografía decimonónica es todavía muy importante. Ello ha derivado en la construcción de una historia encerrada en los límites de dominación territorial del Estado Nacional que por entonces se consolidaba como tal, con una sociedad culturalmente homogeneizada, europeizada por efectos de la inmigración e identificada con el proyecto de nación emergente. Como consecuencia del mismo proceso, varios mitos historiográficos se construyeron alrededor de la Patagonia. Uno de ellos, quizá el más importante, llevó a sostener que la ocupación blanca posterior a la conquista de los espacios indígenas había seguido el mismo sentido y orientación de las tropas militares, mostrando una nueva sociedad rápidamente disciplinada por una penetración estatal por demás exitosa. Así se mostró una Patagonia absolutamente vaciada de pueblos originarios, cuyas nuevas corrientes de poblamiento provenían siempre del Atlántico, desconociendo la existencia previa y el asentamiento espontáneo de poblaciones de otros orígenes y procedencias, que traspasaban permanentemente los Andes como parte de una práctica heredada de las propias sociedades indígenas. Consecuentemente con ello, también se pensó en una ocupación económica producida en ese mismo sentido, donde ganados y capitales formaban parte exclusiva de la orientación atlántica del modelo agro-exportador dominante en la Argentina. Nada más lejos de la realidad en muchas áreas de la Patagonia, tal y como se ha demostrado en las últimas investigaciones.
En el mismo sentido, otra frontera historiográfica se ha derribado como límite del conocimiento: la instituida entre Argentina y Chile, en el convencimiento de que resulta imposible cualquier aproximación comprensiva a la historia patagónica si no se recupera fuertemente la idea de que las áreas fronterizas no funcionaron como vallas sino como verdaderos espacios sociales de gran dinamismo y alta complejidad[1], que sobrevivieron por encima del proceso de consolidación de los respectivos Estados Nacionales a lo largo del siglo XIX, perdurando en el tiempo hasta avanzado el siguiente. Derrumbar la idea de las fronteras entendidas como límites y destruir mitos sobre la Patagonia, es entonces parte sustancial del objetivo que nos convoca.
Estas y otras cuestiones son hoy reexaminadas a la luz de nuevas propuestas de investigación que tienden a complejizar, desde la construcción histórica regional, muchos presupuestos generalizantes, lo cual necesariamente ha derivado en aproximaciones conceptuales a la posibilidad operativa de tal construcción historiográfica y, en consecuencia, al propio concepto de región.

 

Hacia una nueva historia regional


En nuestro país la historia regional tiene un espacio ganado a fuerza de costumbre, aunque no siempre se reconoce su entidad conceptual ni se tiene en claro a qué exactamente corresponde. Muchas veces, parece que “lo regional” engloba a todos aquellos estudios no referidos a la Pampa húmeda, mientras se asocia su pertenencia historiográfica a alguna de las regiones que tradicionalmente se reconocen en el interior del territorio, como el Noroeste, Cuyo, o la Patagonia, por ejemplo. Otra idea -presente en los congresos que con regularidad organiza la Academia Nacional de la Historia, por ejemplo- contrapone lo “nacional” con lo “regional”, entendiéndose por esto último la parte que el evento destina a la producción historiográfica referida a las provincias. No se discute demasiado sobre la validez operativa del concepto y, si se lo hace, se lo rechaza mediante la atribución de resabios estructuralistas que no condicen con los paradigmas vigentes.[2]      
Un primer elemento a tener en cuenta es que la noción de historia regional remite necesariamente a dos áreas de conocimiento: la historia y la geografía, es decir que contiene en sí misma las dos coordenadas -tiempo y espacio- que la caracterizan. Ambas disciplinas han pasado sucesivamente por enfoques teóricos equivalentes desde el positivismo del siglo XIX en adelante, que han variado la concepción de región desde posiciones tan encontradas como diferentes (Carbonari, 1998). Así, se ha transitado desde el determinismo geográfico decimonónico, para el cual el medio condicionaba a la sociedad y la región era un espacio previamente delimitado, sólo reconocible por los elementos físicos y naturales que la distinguían, hasta la interpretación más encontrada con tal postura que la considera un espacio abierto, al cual sólo es posible acceder comprensivamente a través del estudio de las relaciones que establecen los sujetos sociales en la  dinámica del proceso histórico (de Jong, 2001). En la medida en que el espacio pasó a ser entendido por la geografía crítica como una “construcción social” (Santos, 1986), la región dejó de ser -y por ende debería serlo para los cultores de la historia regional- un ámbito acotado, previamente definido por el historiador, para convertirse en una hipótesis a demostrar (Bandieri, 2001a). En el medio de perspectivas tan extremas, y más recientemente aún, surgieron otras posiciones neo-positivistas para las cuales la delimitación previa de la región sigue siendo el único recurso posible. 
Para entender este tránsito conceptual de avances y retrocesos, es necesario recordar que, sobre fines del siglo XX, asistimos a una fuerte crisis disciplinar, parte a su vez de una crisis más generalizada de las ciencias sociales y humanas, que afectó tanto a la teoría, como a la práctica y a la función social de la historia, produciéndose un fuerte rechazo del paradigma estructuralista de la segunda posguerra, lo cual derivó en una importante fragmentación de los temas, los objetos de estudio, las escuelas historiográficas y los métodos. Sucesivos “retornos al sujeto” llevaron, en sus posiciones más extremas, a equiparar a la historia con la narración y a negar su poder cognitivo y su condición de ciencia, en tanto entraba en esa misma crisis la idea de progreso que estaba inmersa en la relación pasado-presente-futuro, derivando en una importante disgregación de la disciplina (Barros, 1999).
La pretensión de construir una “historia totalizante” parecía haber llegado a su fin y la separación cada vez más marcada entre historia económica, social y política, alejó a los historiadores de la visión global del pasado. La primera sufrió especialmente los embates de la  nueva situación, por cuanto, como parte de la propia crítica al determinismo economicista, se cayó en otra suerte de determinismo que eliminaba la necesidad de conocer la base económica de la sociedad. Esta profunda crisis de paradigmas y la propia dinámica de la ciencia histórica derivaron en nuevos consensos, más impuestos por la práctica que discutidos y explicitados, donde la historia tradicional no tenía cabida, pero tampoco la tenía la fragmentación postmoderna. Quizás el ejemplo más característico de esta evolución sea el de la micro-historia. Nacida como reacción frente al modelo totalizante de la historia serial de los Annales, derivó no pocas veces en estudios excesivamente “micros”, lo cual llevó a sus partidarios más reconocidos a la necesidad de insistir en la importancia de no perder de vista el contexto y rescatar la heterogeneidad de los procesos, optando incluso por la más conveniente denominación de microanálisis.[3] Disminuir la escala de observación parecía ser una estrategia metodológica adecuada para superar la crisis del paradigma estructural totalizante. Pero la reducción de la escala de observación como recurso metodológico no implicó necesariamente una renovación de la relación espacio-tiempo, ni tampoco hizo  hincapié en el estudio de la base material de la sociedad, al menos en la expresión de sus fundadores europeos, particularmente los italianos, por aquello de evitar toda connotación con la estructura. La historia y la geografía separaron nuevamente sus derroteros en aras de la especificidad disciplinar, y la historia regional perdió su rumbo, transformándose, no pocas veces, en “historia de provincias”. El espacio, entendido como una construcción de la sociedad en el proceso histórico, así como una variable de análisis que supera los límites jurisdiccionales político-administrativos de un objeto de estudio, también perdió entidad historiográfica (Bandieri, 2001a), con algunas escasas excepciones.
Concientes de los graves efectos de la fragmentación neoliberal, los organizadores del 19th International Congress of Historical Sciences planteaban en Oslo en el año 2000  la definición posible de una historia pensada a escala del mundo.[4] No se trataba de construir una historia total, sino de pensar en esa escala para entender la indisoluble unión entre lo global y lo local. La propuesta no era pensar con un “cierto nivel de generalidad”, sino superar los límites de una identidad política particular para ver las conexiones y las circulaciones, apuntando a la construcción de una nueva historia global sobre bases no ideológicas, que lograse reconstruir las herencias múltiples que conforman el pasado y definen la identidad de una región y su construcción histórica. Rescatando los sustentos analíticos de la  historia comparada de Marc Bloch y el concepto de región de Braudel, Maurice Aymard y Roger Chartier proponían, frente a la fragmentación y al individualismo erigidos en métodos contra cualquier forma de “holismo”, la necesidad indispensable de tener en cuenta las escalas de análisis espaciales y temporales infinitamente más largas, para ver los problemas y comprender las culturas, lo que sólo es posible a ese nivel (Aymard, 2001: 44). En síntesis, identificar “diferentes espacios o regiones” que muestren una unidad histórica en sus relaciones y cambios, independientemente de la soberanía estatal que corresponda. Lo que importa es la elección de un marco de estudio donde sean visibles las conexiones históricas en relación con la población, las culturas, las economías y los poderes, donde se vuelvan visibles la circulación de hombres y productos y el mestizaje de los imaginarios (Chartier, 2001: 121). La cuestión no pasa entonces sólo por disminuir la escala de observación sino por  la variación del foco con que se analizan los problemas.
Los historiadores franceses antes citados reclamaban, por lo consiguiente, construir una nueva historia donde el medio geográfico funde su unidad sobre la diversidad y la complementariedad, más que sobre su homogeneidad climática y física; donde la economía se base en el cambio y en la circulación de los bienes y de las personas y sobre la articulación del comercio interno y externo; donde la situación cultural esté marcada a la vez por la referencia a una unidad pasada y por la coexistencia, pacífica y conflictiva, de civilizaciones concurrentes; donde una posición geográfica, explotada y valorizada en un proceso histórico de larga duración, permita ver los contactos entre los países y los continentes, superando los límites y recuperando la noción de frontera como espacio social de interacción (Aymard, 2001: 47).
Estas nuevas perspectivas, aún con las reacciones encontradas que puedan provocar, sin duda vuelven a posicionar a la construcción histórica regional, tan cara a la tradición historiográfica de muchos países de América Latina, como una alternativa posible para superar las visiones fuertemente centralizantes de las “historias nacionales” todavía vigentes, donde las fronteras estatales actúan muchas veces como límites para la construcción de un pasado extremadamente más rico y complejo. Como bien dijo en alguna oportunidad Magnus Mörner (1983: 52): “En países tan heterogéneos en muchos aspectos como aquellos de América Latina, las regiones permanecieron más aisladas y el regionalismo es más importante que en otras partes del mundo. La dimensión regional ayuda a salvar la diferencia entre un nivel nacional más o menos  artificial (al menos para ciertos períodos) y el nivel de la comunidad local.”           

Nuevas investigaciones, otra historia

Como venimos diciendo, la crisis y revisión de los paradigmas científicos que impregnaron la construcción historiográfica de los últimos años derivaron, en nuestro caso, hacia comienzos de la década de 1990, en la necesidad de replantear la construcción de un pasado excesivamente dotado de mitos. Uno de ellos, el pensar una historia donde los “Estados Nacionales”, los “mercados nacionales” y las “sociedades nacionales” eran procesos plenamente constituidos hacia los años 1880 con determinadas características consolidadas. En consecuencia, una “historia nacional” unificada, construida básicamente desde los espacios dominantes, tendía también a generalizar sus conclusiones con una carga explicativa que avanzaba en el mismo sentido en que lo había hecho el Estado central en su propio proceso de consolidación, es decir, en dirección este-oeste.[5] Ejemplificando con el espacio que nos ocupa, se sostenía que la Patagonia había sido inicialmente ocupada por el blanco desde el Atlántico e incorporada definitivamente a la nación como forma de completar la soberanía territorial amenazada por la sociedad indígena y de ampliar las fronteras productivas del país en aras de la expansión capitalista. Sin ser éstos, necesariamente, preceptos absolutamente falsos, daban lugar a interpretaciones que desconocían otras realidades como las de las áreas andinas patagónicas, donde los límites internacionales no funcionaron necesariamente como tales para las comunidades involucradas, visualizándose la presencia de ámbitos fronterizos que se convirtieron en verdaderos espacios sociales de gran dinamismo y larga duración. Esa realidad, evidenciada desde la investigación regional, obligaba necesariamente a revisar una historia nacional construida “de espaldas” a la cordillera. Esta y otras cuestiones son hoy reexaminadas a la luz de nuevas propuestas de investigación que tienden a complejizar muchos presupuestos generalizantes.
Los nuevos aportes tienen también la ventaja de superar las tradicionales “historias provinciales”, que nunca alcanzan a reflejar cabalmente las problemáticas del conjunto. La cuestión se agrava, en el caso patagónico, por cuanto las provincias surgidas de la anterior división administrativa en Territorios Nacionales no tienen límites que respondan a criterio alguno de funcionamiento económico y cultural de las sociedades involucradas. Los mismos fueron fijados por una ley nacional dictada en el año 1884 que tomó como base accidentes geográficos y trazos convencionales, como paralelos y meridianos, escasamente reconocidos por entonces en el terreno.[6] Estos límites, de hecho, de poco sirven a la hora de intentar explicar el funcionamiento de lo social y de la infinidad de relaciones que los superan. Un aspecto importante de los nuevos aportes historiográficos es entonces derribar la idea del funcionamiento de las fronteras como límites, tanto de las que se crearon por imposición de divisiones político-administrativas a la hora de formalizar la soberanía territorial de los Estados, como de aquellas otras más difusas que pretendían diferenciar culturas aparentemente irreconciliables, como la llamada frontera interna entre la sociedad blanca y la indígena. Ambas, curiosamente, funcionaron por mucho tiempo en la producción de los estudiosos como verdaderas vallas mentales a la hora de aproximarse comprensivamente al todo regional.
No sólo se sabe en la actualidad que las sociedades indígenas de Patagonia funcionaban de manera mucho más compleja, sino además que tal funcionamiento sólo resulta entendible en el marco de sus múltiples relaciones con el área chilena de la Araucanía y con la sociedad hispano-criolla de los respectivos centros de poder, tanto en el área del Pacífico como en la del Atlántico. Si los Andes nunca fueron una valla para estos grupos surge entonces, según ya adelantamos, la necesidad de replantearse la idea de “frontera”, tanto de la supuestamente existente entre la sociedad blanca y la indígena, como aquella que los Estados Nacionales -Chile y Argentina- intentaron imponer como límites territoriales de sus respectivas soberanías a lo largo del siglo XIX.  Al avanzar este proceso, se agudizaron las presiones territoriales de la sociedad hispano-criolla hasta que, en la segunda mitad del siglo y mediante sendas conquistas militares, se terminó por incorporar el espacio indígena a la potestad de los respectivos Estados nacionales, resolviendo el secular conflicto a favor de los sectores dominantes. A la expropiación y desafectación de los recursos naturales a las poblaciones indígenas le siguió la conformación de un marco político e institucional que asegurase el desenvolvimiento de la nueva organización social, ahora vinculada a las formas capitalistas de producción. El efecto inmediato de tales medidas en la Patagonia fue el establecimiento de los límites administrativos de los nuevos Territorios Nacionales y la fijación de la frontera política en la cordillera de los Andes. No obstante, como veremos a continuación, la situación periférica del interior patagónico con respecto al modelo de inserción de Argentina en el sistema internacional vigente, con fuerte orientación atlántica, motivó la supervivencia de los antiguos contactos socio-económicos en las áreas cordilleranas por encima de la fijación de límites que los Estados nacionales, recientemente constituidos, intentaban imponer.

La frontera internacional

Si bien hay tendencias y procesos generalizables que permiten cierta historia común, no es posible construir una imagen homogénea de la Patagonia, por cuanto hay características específicas importantes y fácilmente identificables en cada uno de los sub-espacios que la integran. En este sentido, las condiciones de mediterraneidad y aislamiento habrían conferido a las áreas andinas especiales características de marginalidad respecto del sistema nacional vigente, con clara orientación atlántica, y una vinculación muy importante con las provincias limítrofes del sur chileno, heredada del propio funcionamiento de las sociedades indígenas. Esto impide, de hecho, pensar la historia patagónica atendiendo solamente a sus límites territoriales sin considerar la importancia de un área de frontera con existencia propia donde se habría definido, a lo largo de un extenso período, un espacio social de particulares características que sobrevivió por encima de la fijación de límites y de la incorporación de los territorios indígenas a la soberanía de los respectivos Estados nacionales: Argentina y Chile.  Esto habría generado, en el proceso histórico regional, un importante grado de especialización con su propio esquema de funcionamiento e intercambio y una organización socio-espacial acorde, que de hecho se habría extendido, con desigual intensidad, desde el noroeste del territorio de Neuquén hasta las áreas occidentales de Río Negro y norte de Chubut, repitiéndose, con características muy marcadas, en el extremo más austral del continente.
Recuérdese que, en la segunda mitad del siglo XIX, luego de la conquista militar del espacio indígena, la Patagonia se integró al sistema económico nacional a través de la captación del ganado ovino, expulsado de la llanura pampeana por el auge de los cereales y la valorización de la carne vacuna por la incorporación del frigorífico. Este proceso, que en términos generales suele extenderse en los análisis históricos al conjunto de la región patagónica, afectó especialmente a los territorios con litoral atlántico, cuyos puertos naturales permitían una rápida salida de lanas y carnes con destino al mercado de ultramar. No fue éste exactamente el caso de las áreas andinas, cuyas condiciones de mediterraneidad y aislamiento favorecieron su natural desvinculación del mercado nacional y una mayor integración con las provincias del sur chileno, al menos durante fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, produciendo una significativa cantidad de vacunos de tipo criollo para satisfacer la demanda de los mercados del Pacífico. Sobre el particular, y hasta hace muy poco tiempo, la producción historiográfica nacional afirmaba, con un alto grado de generalidad, que la producción de los territorios patagónicos se había orientado mayoritariamente hacia el Atlántico, desconociendo la perdurabilidad de estos contactos comerciales con el área del Pacífico.
Al respecto, cabe recordar que en la segunda mitad del siglo XIX, y a instancias de la creciente demanda de California y Australia primero y de Inglaterra después, la producción agrícola de Chile llegó a cuadruplicarse, siendo, junto con el cobre, uno de los rubros de exportación más favorecidos. Ello habría provocado un vuelco de las tierras regables del valle central chileno, antes destinadas a la ganadería extensiva, a la producción de cereales, impulsando, hacia la década de 1880, la ocupación de las tierras de la Araucanía. La especialización cerealera se extendió entonces al sur del Bío-Bío, aumentando la demanda de carne y derivados para consumo y exportación a otros países sudamericanos con costas sobre el Pacífico Sur, como Perú y Ecuador, cuya mano de obra agrícola -proveniente de los países orientales- en condiciones casi serviles, consumía grandes cantidades de tasajo. Un número importante de vacunos en pie fue entonces requerido como materia prima indispensable para distintas actividades de transformación (saladeros, curtiembres, graserías, fábricas de velas y jabón), ubicadas en el valle central chileno y en el área de Valdivia, donde se encontraba la mayor agro-industria chilena de esos años, vinculada al mercado de cueros y suelas que se consumían internamente y se exportaban al mercado de ultramar.[7] Características físicas de singular importancia hacían de las áreas andinas patagónicas lugares dotados de excelentes condiciones para satisfacer tal demanda, particularmente facilitada por la presencia de numerosos valles transversales que permiten el tránsito de un lado a otro de la cordillera durante la mayor parte del año. Chile, en cambio, posee en igual latitud áreas muy boscosas, poco aptas para la ganadería (Bandieri, 1991).
Al mantenerse e incrementarse la demanda de carne, y una vez sometidos los grupos indígenas que la abastecían, las corrientes de población instaladas en las áreas limítrofes desarrollaron naturalmente la misma actividad. Esto también explica el hecho de que importantes hacendados trasandinos se preocuparan por invertir en la compra de grandes extensiones de tierras en la región, con lo cual desahogaban sus campos en las provincias chilenas limítrofes, aptas para la agricultura y de limitadas posibilidades para la crianza de ganado mayor. En una típica economía complementaria, los animales criados en el oriente cordillerano eran engordados con los residuos de las cosechas en los fundos chilenos. Tal es el caso, entre otros, de la Sociedad Comercial y Ganadera Chile-Argentina de capitales germanos-chilenos, que llegó a concentrar en 1905 más de 400.000 ha de tierras en el sudoeste neuquino, además de ser propietaria de molinos harineros, aserraderos y empresas de turismo y navegación en las zonas cordilleranas de Neuquén, Río Negro y Chubut, así como de un emporio comercial operado desde la localidad rionegrina de San Carlos de Bariloche (Bandieri y Blanco, 1997).
Más al sur, la franja comprendida entre el lago Nahuel Huapi y las colonias galesas del noroeste chubutense, en el área de Trevelin, lindante con el tramo chileno que se extiende al sur de Puerto Montt, también participaba de este fenómeno como extensión de las corrientes de poblamiento, comercio e inversiones procedentes de Chile que se desplazaron por el lado argentino hacia esos ámbitos como su máxima posibilidad de expansión (Novella y Finkelstein, 2001). Recuérdese que en la localidad chilena antes mencionada se interrumpe el valle central y el mar penetra sobre el continente, en tanto que una geografía muy accidentada y la densa selva valdiviana dificultan las posibilidades de cruce en ese sector de la cordillera. No obstante, hasta aquí llegaron también parte de los flujos migratorios ingresados por los pasos fronterizos de Neuquén y norte de Río Negro, incluyendo indígenas, criollos chilenos e inmigrantes suizos y alemanes afincados anteriormente en el sur de ese país. En tanto los pobladores de estas últimas procedencias se instalaron en las proximidades de San Carlos de Bariloche, los de menores recursos de desplazaron hacia el sur en busca de tierras libres para ocupar. Puede pensarse que muchos de estos pobladores ya estaban en el lugar desde etapas anteriores, dado que parece importante no pensar la campaña de ocupación militar de los territorios indígenas como un proceso absolutamente exitoso en lo que respecta al “vaciamiento poblacional” de la Patagonia, con lo cual se abona la hipótesis -muchas veces inconsciente por parte de los historiadores- de que el proceso de asentamiento y ocupación social del espacio regional fue posterior a 1880. De todas maneras, estos grupos, ahora identificados con identidades “nacionales” según su lugar de nacimiento, completaron el poblamiento de los valles cordilleranos junto con los colonos galeses. Gradualmente se fueron formando nuevas poblaciones en la zona que el paralelo 42° separó administrativamente desde la creación de los Territorios Nacionales como pertenecientes a Río Negro o Chubut.
Fuera de los límites ocupados por las importantes estancias de capitales británicos que en conjunto formaban la Argentine Southern Land Company Ltda. (ASLCo.), creada en 1889, se ubicaron en la zona pobladores sin capital, muchos de ellos indígenas sobrevivientes y otros pertenecientes a sectores de escasos recursos procedentes de Chile, establecidos como crianceros -pequeños productores de ganado menor, generalmente ocupantes de tierras fiscales- que poco a poco fueron constituyendo la oferta de mano de obra de los ganaderos del lugar, transformándose en peones, medieros, aparceros y, excepcionalmente, arrendatarios de tierras. Una característica destacable de estos grupos era su alta movilidad, particularmente en los primeros años, mientras encontraban tierras desocupadas para radicarse o se “conchababan” en las estancias de propiedad particular. Aquí también se instalaron las colonias pastoriles indígenas de Cushamen, Nahuelpan y Epulef, especie de reservaciones donde determinados grupos de “indios amigos” obtuvieron después de la conquista pequeñas superficies de tierras (625 has. según la Ley del Hogar), insuficientes para la práctica adecuada de la ganadería extensiva que exige la calidad dominante de las tierras patagónicas.[8]
Más al sur, en la zona que los historiadores regionales han llamado la “región autárquica de Magallanes” (Barbería, 1995), se dio una situación similar, aunque con una lógica de funcionamiento e interrelación distinta. Aquí también resulta evidente la expansión de los capitales y de los flujos de inmigración procedentes de Chile, principalmente de Punta Arenas y de la isla de Chiloé, hacia el área de Santa Cruz y Tierra del Fuego, conformando una misma región que, al menos hasta la década de 1920, habría funcionado con una dinámica propia y relativamente desvinculada de los centros políticos de sus respectivos Estados Nacionales, Buenos Aires y Santiago. A la luz de estos estudios, y al menos hasta esos años, la significativa dependencia económica de los territorios más australes de Argentina con el área de Magallanes y su capital Punta Arenas parece indiscutible, al menos en lo que se refiere a la provisión de lanas y carnes ovinas con destino a los mercados europeos.[9] La posibilidad de comunicación directa con los centros de ultramar a través de este puerto, facilitada por la inexistencia de impuestos aduaneros y la débil presencia estatal en la región, favorecieron este proceso de integración. Luego, factores de diversa índole habrían provocado la ruptura de tal funcionamiento autárquico[10], generándose a partir de la década de 1920 una mayor inserción económica de la zona en sus respectivos espacios nacionales, particularmente visible en la nacionalización de los más importantes capitales que lideraban ese funcionamiento, como es el caso del importante grupo empresario Braun-Menéndez Behety, propietario de “La Anónima”.[11] De todas formas, la vinculación económica entre ambos sitios habría seguido siendo importante hasta los años 1930, cuando la hegemonía histórica de Punta Arenas comenzó a debilitarse, cortándose definitivamente luego de 1943, en el momento en que los respectivos Estados nacionales comenzaron a imponer una serie de políticas que marcaron rumbos divergentes y a veces competitivos (Martinic B., 2001). Para el sur patagónico entonces, la expansión ovina producida a partir de los años 1880 guarda no sólo relación con el modelo agro-exportador argentino sino también con la demanda del área magallánica, donde la industria frigorífica y la exportación de lanas y otros derivados ganaderos habían alcanzado un importante desarrollo.
También en el área santacruceña se dio la modalidad de diversificación de la inversión por parte de importantes capitales chilenos. La mayoría de las grandes explotaciones ovinas del territorio, como la estancia “El Cóndor”, de alrededor de 200 mil hectáreas, propiedad de la firma Waldron & Wood, estaban inicialmente manejadas por capitales ingleses radicados en Punta Arenas que además poseían casas comerciales en Buenos Aires. Esta empresa era simultáneamente propietaria de 650 mil hectáreas en el sur de Chile. También la Sociedad Ganadera Gente Grande constituyó un complejo de estancias en Santa Cruz que combinaba con propiedades en territorio chileno. Es en razón de esto que se sostiene que las conocidas inversiones de capitales extranjeros en tierras de la Patagonia sólo pueden ser cabalmente comprendidas en el marco de una particular estrategia de inversión regional de capitales ingleses y germanos radicados previamente en Chile, que manejaban simultáneamente los circuitos de comercialización del Atlántico y del Pacífico (Bandieri, 2005).
Entre ambas zonas del norte y sur patagónico, el área fronteriza del Chubut que se corresponde con Coyhaique y Puerto Aisén en Chile muestra particularidades que la diferencian del resto del espacio regional (Torres, 2002). En este sector, como resultado del laudo arbitral de 1902, el límite abandona la línea de la cordillera de los Andes para penetrar en la meseta patagónica. Esta región, poblada desde el siglo XIX por unos pocos chilotes -habitantes de la isla de Chiloé-  que se dedicaban a la pesca, la caza de lobos y la tala de árboles, fue ocupada más formalmente por el gobierno chileno a principios del siglo XX, luego de la demarcación de límites, otorgando grandes superficies de tierras a compañías originarias de Punta Arenas, como la Sociedad Industrial de Aisén (SIA) o la Compañía Explotadora del Baker, que importaron ganado de Argentina para iniciar sus explotaciones. Hasta ese momento, el Estado chileno se había mostrado desinteresado por las “tierras de entre medio”, nombre con el que se conocía la zona no ocupada comprendida entre Chiloé y el estrecho de Magallanes. Una serie de centros poblados se crearon oficialmente a partir de 1910, como Puerto Aisén, originariamente muelle de la SIA, instalada desde 1903 en la zona de Coyhaique, la población más importante del área. Una ley de colonización dictada  por el gobierno chileno en 1930 aceleró el poblamiento del lugar. A diferencia de los casos anteriores, la lejanía y las dificultades de comunicación con los centros urbanos de Chile más importantes del sector -Punta Arenas y Puerto Montt- facilitaron la natural conexión del lugar con los puertos del Atlántico, particularmente con Comodoro Rivadavia. Cabe consignar que la carretera austral chilena que une Puerto Montt con Aisén se construyó recién entre 1976 y 1988 y la extensión de la misma ruta hasta Puerto Yungay, en el sur, es de 1996, permaneciendo la zona hasta la actualidad desconectada del centro económico de Punta Arenas a través de territorio chileno. De hecho, ese recorrido debe hacerse por territorio argentino. Esto favoreció la orientación temprana hacia el Atlántico. Un espacio común de inversiones de capital, explotaciones ganaderas, flujos de población y variados vínculos socio-económicos caracterizaron también a esta región fronteriza. Una particularidad a destacar es la de migrantes chilenos asentados en Argentina que reingresaron a su país para acceder a tierras en este lugar, junto con pobladores argentinos que también colonizaron el área. Las localidades chilenas de Futaleufú y Balmaceda, originadas a partir de estos grupos de colonos que ingresaron desde Argentina, es un claro ejemplo de este proceso inverso de ocupación que venimos describiendo.
Se puede afirmar entonces que, en el mismo momento en que las principales regiones ganaderas argentinas destinaban sus esfuerzos a mejorar las razas carniceras con destino al frigorífico y a la exportación al mercado europeo del Atlántico, la ganadería patagónica se orientaba con doble dirección. Mientras en el sur, lanas y carnes ovinas salían por los puertos patagónicos y buena parte del interior de la región derivaba los mismos productos hacia los frigoríficos magallánicos y el puerto de Punta Arenas, en las áreas andinas del centro y norte patagónico se comercializaban vacunos en pie para satisfacer la demanda de los centros del Pacífico. Restos importantes de estas prácticas comerciales se mantendrían en las zonas fronterizas, con mayor o menor intensidad, hasta épocas posteriores, cuando se hicieron sentir en la región los efectos de las medidas arancelarias tomadas por ambos Estados, Chile y Argentina, en un período que se inició a comienzos de la década de 1920 y se profundizó años después. Concretamente, puede afirmarse que la actitud proteccionista de ambos países, acentuada en Chile a partir de los años 1925, reforzada por la política arancelaria de 1927 y 1930, y complementada con medidas similares tomadas por Argentina a lo largo de las mismas décadas, habría terminado por descomponer definitivamente estas formas regionales de intercambio, cuando el modelo sustitutivo de importaciones implantado a partir de la crisis de 1929-30 requirió de un mercado interno más eficientemente controlado (Bandieri, 2003).

Conclusiones

El principal aporte de las últimas investigaciones es entonces desviar la mirada del proceso histórico regional hacia las áreas fronterizas, mostrando un mundo de relaciones muy dinámico y complejo que rompe con la tradicional mirada historiográfica de una Patagonia cuyo único eje dinamizador se encontraría en las costas atlánticas, lugar desde donde habrían provenido de manera prácticamente exclusiva las corrientes de poblamiento e integración económica con el mercado nacional e internacional vigentes.    
Asimismo, a partir de estos trabajos, las “fronteras” -tanto la llamada frontera interna entre la sociedad hispano-criolla y la indígena, como la externa entre Argentina y Chile- dejan de ser límites fijos, inmóviles y a-históricos, para convertirse en espacios sociales de gran dinamismo y larga duración. Hoy se sabe que, al menos hasta la década de 1920 -y más tardíamente en muchos casos-, los contactos socio-económicos con el área del Pacífico habrían sido, si no exclusivos, al menos dominantes en muchos rubros, particularmente en lo que hace a la comercialización de ganado vacuno en pie, cuya producción era importante en las áreas cordilleranas del centro y norte patagónico. La ciudad-puerto de Punta Arenas habría captado, por su parte, la mayor proporción de la producción ovina de la zona sur de Santa Cruz y Tierra del Fuego con destino a los mercados externos, en tanto también provenían de allí la mayor parte de los capitales invertidos en el área. Este particular funcionamiento, que complejiza la anterior mirada generalizante y poco diversificada de la historia nacional, debe tenerse muy en cuenta a la hora de aproximarse comprensivamente al proceso de construcción social de la Patagonia.

Bibliografía citada

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*Dra. en Historia. Profesora Titular de Historia Argentina y Regional en la Universidad Nacional del Comahue. Investigadora y Vicedirectora de la Unidad Ejecutora en Red ISHIR-CEHIR/CONICET. E-mail: sbandieri@ciudad.com.ar
[1]Resulta importante aclarar la explícita diferenciación que en este trabajo hacemos entre límite y frontera. Mientras el primero implica una separación lineal de jurisdicciones bajo distintas soberanías, la segunda involucra una concepción espacial del territorio dentro de la cual se fijan los límites. La frontera es generalmente un ámbito alejado de un poder hegemónico y, como tal, suele permitir la conformación de un espacio social que, antes que separar, une, y permite definir una región conformada a partir de las relaciones que las sociedades involucradas establecen a lo largo del proceso histórico.
[2]Ver, como ejemplo, la opinión crítica de Daniel Santamaría (1995) incluida en el dossier de la Revista de Historia Nº 5 de la Universidad Nacional del Comahue que reproduce las ponencias presentadas al Simposio de Historia Regional en las IV Jornadas Interescuelas-Departamentos de Historia, realizadas en Mar del Plata en octubre de 1993. Una buena puesta a punto sobre los estudios regionales y su validez conceptual y empírica, puede verse en los libros compilados por  S. Fernández y  G. Dalla Corte (2001) y S. Fernández (2007).
[3]Ver al respecto AA.VV., Dossier “La microhistoria en la encrucijada” (1999).
[4]AA.VV. (2000: 3-52), cit. en Chartier (2001:119).
[5]Un buen ejemplo de ello es el artículo de J. L. Ossona, donde se atribuye a la expansión ferroviaria de los años 1860 y 70 un efecto contundente en la reorientación “hacia el Atlántico de todas las regiones argentinas, revistiendo las tendencias centrífugas y operando una unificación económica que sentó las bases para la formación de un mercado nacional” (1992: 69). Por dar sólo un ejemplo contrario, en el interior rural de Neuquén, pese a la extensión ferroviaria del Ferrocarril Sud a principios del siglo XX, los circuitos mercantiles hacia el Pacífico siguieron funcionando con escasas alteraciones, mientras circulaba mayoritariamente moneda chilena, hasta los años 1930.
 
[6]Después de la conquista militar de los espacios indígenas, se procedió a su ordenamiento en unidades administrativas más pequeñas que aquel vasto territorio hasta entonces llamado Gobernación de la Patagonia. Se dictó entonces la ley Nº 1532 del 16 de octubre de 1884 que dispuso, en el sur del país, la creación de los Territorios Nacionales de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, estableciendo sus superficies, límites, forma de gobierno y administración, situación que conservaron hasta la segunda mitad de la década de 1950 en que se convirtieron en provincias, con la sola excepción de Tierra del Fuego que lo hizo más recientemente.

[7]La industria de la curtiembre en el área de Valdivia tuvo un gran desarrollo hasta la Primera Guerra Mundial. Allí se fabricaba todo el calzado utilizado por las fuerzas armadas chilenas y los mineros del norte. Suelas y cueros se exportaban mayoritariamente al mercado europeo a través del puerto de Hamburgo, aprovechando las conexiones familiares y empresariales de migrantes alemanes radicados en el sur de Chile.  
[8]Para visualizar la importancia numérica de estos grupos cabe consignar que, según el censo nacional de 1895, el 41% de la población extranjera del Departamento 16 de Octubre, en el oeste de Chubut, era de origen chileno, superando incluso a los británicos (galeses y empleados de la ASLCo.), en tanto que el 90% de los argentinos eran indígenas. En 1914, la cantidad de migrantes chilenos había ascendido al 75% de la población (Finkelstein y Novella, 2002).
[9]Sobre fines de 1910 puede ubicarse el momento de mayor auge de la industria frigorífica en Punta Arenas, cuando la provisión de ovinos argentinos constituía hasta el 50% de los animales sacrificados con destino a los países europeos.
[10]Al terminarse el canal de Panamá, la ciudad del estrecho quedó a trasmano de las rutas más navegables. A ello se sumaron los gravámenes que los gobiernos argentino y chileno impusieron a partir de 1920 al comercio de ganado, proceso que se fue acentuando en los años siguientes hasta cortarse definitivamente en los años 1940 (Bandieri, 2003).
[11]De Punta Arenas provinieron las primeras iniciativas de ocupación económica del sur patagónico por parte de importantes hombres de negocios, como José Nogueira, Elías y Mauricio Braun, quienes iniciaron una sociedad ganadera en la Patagonia a partir de 1889, luego de la obtención de dos concesiones de tierras compartidas, dando lugar a la formación de la Compañía de Haciendas de Oveja de Tierra del Fuego, luego Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, dueña para 1900 de 1.700.000 has. y doce millones de ovinos en campos ubicados a uno y otro lado del estrecho y de la frontera internacional. De este grupo empresarial se desprendieron otras firmas regionales con intereses diversos en Tierra del Fuego y Santa Cruz, integradas por Mauricio y Sara Braun -esposa de Nogueira-, Blanchard-Nogueira -luego Braun-Blanchard- y, con la incorporación de José Menéndez, la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia -más conocida cómo “La Anónima”-, la empresa comercial más importante de la región.

Política exterior argentina. Conferenciante Mg. Agustin Marcos Romero. Auspiciado por la Sra Diputada Nacional Dra: Rosana Andrea Bertone




 Política exterior argentina
Malvinas: un caso de política exterior de estado?*
Introducción
El presente trabajo focaliza su campo de análisis al estudio de los gobiernos que se establecieron en nuestro país con el restablecimiento de la democracia en 1983 y su accionar en política exterior hacia el tema Malvinas, tratando de resaltar comparativamente los logros y fracasos obtenidos por cada una de las administraciones.
Es necesario sintetizar cuales fueron las variables internas y externas del Gobierno de Alfonsín y compararlas con las del Gobierno de Menem para hacer un análisis preciso de los aspectos de Alfonsín asume en 1983 en el último período de la guerra fría. Esta es una etapa de expansión, tal vez el último coletazo de la expansión del imperio soviético. En América latina la mayoría de los países poseen gobiernos militares. América Central está imbuida en una fuerte guerra entre y en algunos países. El Cono Sur y más específicamente Argentina tiene en 1978 un fuerte enfrentamiento con Chile que estuvo a punto de desencadenar una guerra por el canal de Beagle. Y en el caso de la Argentina con Brasil la relación es especialmente ambigua. En algunos momentos se ven fuerzas de cooperación y en otros se observan energías que distorsionan la relación. Sin embargo en 1979 se firma tal vez el punto de inicio de un camino de cooperación mucho más fuerte entre estos dos países que es justamente el acuerdo tripartito de 1979. Estas serían, a grandes pinceladas, el marco externo del gobierno de Alfonsín. En el plano interno, encontramos que es la primera etapa de la democratización. Estamos en un momento en el cual la democracia es incipiente y se ven signos de inestabilidad. Lo que lleva en definitiva a que el gobierno de Alfonsín decida, a mi juicio, tomar la política exterior como una herramienta, como un instrumento para la defensa de la política interna, es decir como una arma para defender la democracia. Por esto, es que el gobierno de Alfonsín le otorga mucha importancia a los foros multilaterales para que sea de alguna forma una caja de resonancia y defensa de la democracia. Por el otro lado, y ya observando que sucedía en el contexto externo del gobierno del Presidente Menem, encontramos que los teóricos de las relaciones internacionales hacemos referencia a un panorama internacional absolutamente distinto: ya no estamos en la Guerra Fría, ha desaparecido el enfrentamiento Este-Oeste. Por otro lado, las democracias del barrio en el cual vivimos estaban consolidadas en casi todo el continente americano, los conflictos en Centroamérica han desaparecido o están por desaparecer, la relación con Brasil se ha fortalecido, el Mercosur ha avanzado y el camino de la cooperación comienza a ser cada vez más fuerte entre Argentina y Brasil, pero entre todos los países del Mercosur en general. Y el último punto a abordar, para que podamos hacer un trabajo comparativo casi idéntico, son las relaciones con Chile. Estas han avanzado lo suficiente. Por esto, las relaciones de cooperación y entendimiento van a confluir a fines del año pasado con el acuerdo sobre los Hielos Continentales y con un entendimiento y un deseo de Chile, al igual que Bolivia, por incorporarse al mercado común del sur.
En el plano interno, son absolutamente diferentes las condiciones dadas en el gobierno de Menem que las circunstancias imperantes en la administración Alfonsín. En el ámbito doméstico, encontramos un período de hiperinflación, que para algunos autores y cito el caso de Escudé, es un punto de inflexión dentro de la política interna. Es considerado un punto de ruptura y, a partir de esto, el de inicio en el marco del fortalecimiento de algunas políticas (como la económica) las que perduran hasta nuestros días.
* La presente ponencia es presentada por el Magister Agustín M. Romero. La Maestría ha sido obtenida en FLACSO-Argentina. Agustín Romero, es profesor en la Carrera de Ciencia Política y en la Maestría en Relaciones Internacionales en la UBA. Este trabajo es una actualización del libro del expositor: Malvinas. La Política Exterior de Alfonsín y Menem, Ed. Universidad de Belgrano, Bs. As, 1999.
1
Objetivos radicales en política exterior
El gobierno de Alfonsín se propuso alcanzar los siguientes objetivos básicos generales en materia exterior. El gobierno radical se dedicó a recuperar parte del prestigio perdido durante el período del Proceso de Reorganización Nacional, principalmente, por las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos y por la guerra de Malvinas.
En segundo lugar, se propuso resolver los temas pendientes y heredados de los gobiernos militares, especialmente Malvinas y las cuestiones del Canal de Beagle, proteger la democracia que recién se estaba restableciendo, creando lazos renovados con las democracias occidentales y, finalmente, fortalecer los lazos con los países del Cono Sur.
Desde luego que las variables, arriba mencionadas, no determinaron unilateralmente el comportamiento externo de la Argentina, pero sin ninguna duda, estas sirvieron para fijar los objetivos y moldear las acciones en el campo internacional y, dentro de este, especialmente el tema de Malvinas.
En forma específica, los caminos seguidos por el gobierno radical para alcanzar su objetivo de recuperar la soberanía de las islas fueron distintos.
La diplomacia multilateral
En un primer momento, los radicales pusieron una gran esperanza en la diplomacia multilateral, es por tal motivo que emprendieron acciones diplomáticas paralelas en distintos foros internacionales con el fin de presionar a Gran Bretaña para que se sentase a la mesa de negociaciones. Existía un convencimiento en la cancillería argentina que, en algún momento, los votos obtenidos en los foros internacionales a su favor tendría un efecto de presión sobre el Foreign Office, porque quedaría al descubierto ante la Comunidad Internacional quién quería negociar y quién se oponía sistemáticamente a esta postura. Por tal motivo, realizó un gran esfuerzo para obtener el mayor número de votos posibles en las resoluciones y declaraciones a favor de los reclamos de nuestro país por la soberanía de las islas Malvinas en foros como naciones Unidas, el Movimiento de los No Alineados, Organización de Estados Americanos, entre los mas importantes.
Como conclusión se puede señalar que, a pesar, de que Gran Bretaña no fue insensible a los reveses que sufrió en las Naciones Unidas o en los distintos organismos multilaterales y que movilizó sus mejores armas diplomáticas que incluyeron presiones a sus países aliados, para lograr revertir la balanza de los votos adversos, estas resoluciones internacionales no modificaron la política y estrategia del Foreign Office respecto a su posición sobre Malvinas la cual se basó en la posición de fuerza obtenida como resultado de su victoria en la guerra del ´82.
El dialogo bilateral
A pesar de la gran importancia que el gobierno radical le otorgaba a los organismos internacionales, esto no significó dejar de lado el diálogo bilateral, por el contrario, la administración de Alfonsín mantuvo contactos directos con los británicos ya sea en reuniones como la celebrada en Berna, Suiza o las comunicaciones secretas mantenidas con el Reino Unido a través del Departamento de Estado de EE.UU. Esta reunión, también, marco un antes y después, ya que el fracaso de la misma selló el cambio del rumbo de las relaciones y negociaciones entre ambos países. Después de este encuentro se hará referencia a él como el síndrome de Berna, ya que se tenía temor de que volviese a ocurrir el fracaso de dicho conclave el 18 de julio de 1986. Y así fue, con la consecuencia inmediata de que ambas partes no se iban a volver a reunir oficialmente durante el mandato de Alfonsín. El síndrome Berna marcaría el nuevo rumbo de los contactos y negociaciones entre ambos gobiernos. Por esto Berna significa el punto de inflexión, de esta estrategia radical en las relaciones anglo-argentinas, ya que por un tiempo, se eliminó el diálogo directo a nivel oficial.
Paraguas de la soberanía
2
El mejor ejemplo de la búsqueda de una política exterior de estado hacia el tema Malvinas es el paraguas de la soberanía. En efecto, el Canciller Dante Caputo propuso la fórmula del paraguas de la soberanía1, el Foreign Office aceptó y se intercambiaron papeles confidenciales a través de Washington para redactar puntillosamente el delicado texto de la fórmula.
Aprobado por ambas partes, la reunión nunca pudo concretarse por distintas razones. La primera, porque la cancillería argentina periódicamente insistía en que la misma debía tener agenda abierta y los británicos desconfiaban (síndrome de Berna) de que por esa vía se introdujese el tema de la soberanía; por los acontecimientos militares internos de Semana Santa, Monte Caseros (la relación tormentosa entre el poder civil y las Fuerzas Armadas argentinas fueron utilizadas por el gobierno del Reino Unido como un argumento para explicar la intransigencia en su postura en las negociaciones) y, finalmente, por la prematura renuncia de Alfonsín a la presidencia. No obstante, esta fórmula permitió la normalización de los vínculos diplomáticos en 1989 (rotos como consecuencia de la guerra de Malvinas) y el avance en las negociaciones bilaterales sobre las áreas de hidrocarburos y pesca.
Como conclusión, puede marcase que el gobierno radical puso mucho énfasis en los foros multilaterales, logrando ciertos éxitos en cuanto al apoyo de la comunidad internacional a nuestros reclamos y dejando al descubierto quien se oponía al diálogo desoyendo el pedido internacional para la solución del diferendo, tal como lo sostenía Naciones Unidas. Sin embargo, estos resultados no hicieron que el gobierno del Reino Unido modificara su posición histórica en este conflicto, lo que trajo como consecuencia, que esta estrategia multilateral privilegiada por los radicales mostrara signos de agotamiento.
Entre los puntos más importantes, de la tarea, que llevó a cabo el gobierno radical en torno a Malvinas fueron, en primer lugar, el de despejar las dudas de incertidumbre e inseguridad que había dado nuestro país al recurrir a la guerra para recuperar las islas reconociendo y estableciendo que la única alternativa era la negociación pacífica; en segundo término, haber comenzado y marcado el camino del diálogo interrumpido luego de la derrota militar.
La llegada de Menem al poder y los cambios en la política exterior
El 14 de mayo de 1989 triunfa el Frente Justicialista de Unidad Popular (FREJUPO), liderado por el Partido Justicialista, cuya fórmula presidencial estaba encabezada por Carlos Menem. Este hecho no puede pasar inadvertido, si se tiene en cuenta que durante varios años Argentina y toda América Latina estuvo gobernada por gobiernos dictatoriales. Sin ninguna duda se había dado un paso muy importante en la lucha por consolidar la democracia, ya que un gobierno legalmente constituido le entregaba el poder a otro con las mismas características, y se demostraba al mundo que la Argentina empezaba a transitar por los caminos de la legalidad y credibilidad.
Desde la finalización de la Guerra de Malvinas hasta 1989 no se habían producido grandes resultados en el objetivo de recuperar la soberanía de las islas. Se había establecido un diálogo de sordos entre nuestro país y el de Gran Bretaña, ya que nosotros reclamábamos y buscábamos: 1) retrotraer la situación a antes de la guerra; 2) que el Reino Unido levante la zona de exclusión pesquera y militar que había impuesto alrededor de las islas; 3) hablar sobre el tema de la soberanía y 4) declarar el cese de hostilidades de nuestro país a cambio de algún gesto de buena voluntad de los ingleses. Ellos, por su parte, pretendían: 1) el cese unilateral de hostilidades por parte de la Argentina; 2) no hablar del tema de la soberanía; 3) seguir con “su supuesto de hierro basado en la relación victoria-derrota: el capital previo o cualquier reencuentro debe ser aportado por la Argentina”2 y 4) continuar con su política de step by step.
1“Es un mecanismo jurídico que permite a las partes que tienen un reclamo territorial y que asisten a una reunión determinada, establecer acuerdos reservando sus respectivas posiciones de soberanía, las que no serán afectadas por las decisiones que se adopten en tales acuerdos. La figura del paraguas coloca a la disputa, pues, temporariamente entre paréntesis durante la reunión, evitando que surjan discusiones que perturben la buena marcha de los acuerdos que se buscan en ciertos temas específicos. También cubre, por extensión, las acciones que se ejecuten como consecuencia de los mismos”, síntesis de una Conferencia pronunciada por Lucio García del Solar en la Academia Nacional de Ciencias, la cual fue publicada en La Nación. 14 -6-97.
2Ver Russell, Roberto y Corigliano, Francisco: “El gobierno de Menem y las negociaciones sobre
3
Malvinas”, en América Latina/Internacional, Vol. 6-nº 22, 1989, pag. 280.
Ante tal panorama, y ante los magros resultados en los foros multilaterales, el Gobierno argentino decidió en primer lugar, para destrabar este estancamiento, no privilegiar el ámbito de ONU para debatir el tema Malvinas ya que lo consideraban un canal inconveniente.
Descartado (por un tiempo) el plano multilateral, la Cancillería decidió privilegiar el diálogo directo para lo cual utilizó tres canales en forma alternativa: a) las tratativas llevadas a cabo por el entonces presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti quién recibió de Londres el deseo de restaurar las relaciones comerciales y diplomáticas con nuestro país sin tocar el tema de la soberanía de las islas; b) a través del Brasil, quien era el encargado de proteger los intereses argentinos en suelo británico desde la ruptura de relaciones diplomáticas en 1982; y c) por la intermediación del Departamento de Estado, quién ayudó a transformar los non papers en papers.
El primer Canciller del gobierno de Menem, Domingo Cavallo realizó una propuesta muy satisfactoria para Inglaterra. Esta contenía dos puntos centrales, el primero establecía que Argentina declararía el cese de hostilidades en el instante en el que el Reino Unido eliminase todo rastro de hostilidades, entendiéndose como tales la zona de exclusión militar y pesquera alrededor de las islas. Un tiempo después y como gesto de buena voluntad unilateral, se levantaron las restricciones que pesaban sobre las importaciones provenientes del Reino Unido.
Hacia el restablecimiento de las relaciones consulares
Siguiendo los pasos dados por los radicales, pero tratando de no cometer los mismos errores cometidos en Berna, los contacto indirectos entre ambos gobiernos dieron buenos resultados, ya que entre los días 16 y 18 de agosto de 1989 se reunieron los delegados de ambos países en Nueva York. Luego de arduos debates se estableció que: “ambas partes acordaron retornar a las negociaciones con una agenda amplia que abarcarse todo el espectro de las relaciones anglo-argentinas, incluyendo el futuro de las vinculaciones diplomáticas y consulares. Además, convinieron que las discusiones se realizarían bajo los términos de una fórmula que pusiese a cubierto la posición de cada parte respecto de la soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur”.3 El lugar acordado para el encuentro fue Madrid en los días 17 y 18 de octubre.
Dando muestra otra vez de buena voluntad, el gobierno argentino dio otro paso sin precedente, rompiendo una tradición que se venía dando principalmente después de 1982, pospuso la solicitud para que el tema Malvinas fuese debatido en el ámbito de la Asamblea General de Naciones Unidas. Desde ese año se viene repitiendo una tradición que consiste en postergar hasta el próximo año el tratamiento de la cuestión Malvinas con el fin de que se mantenga el tema en la agenda del organismo.
Después de duras negociaciones y sobre la base de la fórmula del paraguas de la soberanía se llegó a un acuerdo en materia pesquera. En efecto, en Londres se firmo la “Declaración Conjunta sobre Conservación de Recursos Pesqueros” el 28 de noviembre de 1990 en la que se señala que: “Con el fin de contribuir a la conservación de los recursos pesqueros, los dos gobiernos acordaron iniciar la cooperación en esta materia sobre bases ad hoc, esto se realizaría: a) mediante el establecimiento de la “Comisión de Pesca del Atlántico Sur”... para evaluar el estado de los recursos pesqueros en esa zona...b) mediante la prohibición total temporaria de pesca comercial por buques de cualquier bandera en el área marítima descripta en el Anexo a esta declaración”.4
Sin lugar a dudas, el acercamiento bilateral fue exitoso y vital, ya que además de los logros mencionados anteriormente, se lo necesitaba como paso previo para mejorar nuestra relación con la CEE, dañada por el veto impuesto por el Reino Unido dentro de ese organismo, lo que nos imposibilitaba acceder a su mercado, a sus líneas de créditos, etc. En efecto, a principio de 1990, se acuerda en Bruselas con la CEE un tratado5 que le otorga a nuestro país muy buenas oportunidades en lo tecnológico, cultural, comercial y financiero. Además, unos años más tarde se firma el Acuerdo sobre Relaciones en materia de Pesca marítima entre nuestro país y el bloque regional
3Ver, Texto del acuerdo en Diario Página 12 y Clarín, 16 y 19-8-89, respectivamente.
4Ver “Declaración Conjunta sobre Conservación de Recursos Pesqueros”.
5Acuerdo Marco de Cooperación del 2 de abril de 1990.
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europeo. Y en segundo término, por el logro obtenido por el gobierno de Menem en dos oportunidades con respecto al voto en la Unión Europea en el tema pesca en el Atlántico Sur. En dos ocasiones (1993 y 1996) el gobierno inglés había intentado firmar un acuerdo de pesca de la Unión con los kelpers, y de esta manera, Gran Bretaña lograba un reconocimiento de hecho para su posición en el conflicto en Malvinas. Pero Argentina obtuvo el respaldo de España, quien es miembro conjuntamente con Inglaterra de la Unión, para evitar ese acuerdo.
El acuerdo petrolero con el Reino Unido
La potencial existencia del oro negro en las aguas adyacentes a las islas Malvinas ha posibilitado la existencia de conflictos adicionales a los ya planteados (en los apartados anteriores) en nuestras relaciones bilaterales con el gobierno del Reino Unido. Luego de complicadas negociaciones en Nueva York, se llegó a una declaración conjunta con el Reino Unido el 27 de septiembre de 1995, en donde se establecía una zona de cooperación integral en donde ambos esperan alentar actividades petroleras y gasíferas en las aguas sudoccidentales del Atlántico.
Entre los puntos centrales del acuerdo, suscrito por el canciller argentino Di Tella y el británico Malcolm Rifkind, se puede mencionar el que ambos gobiernos acordaron “cooperar para alentar actividades de prospección y eventual explotación petroleras y gasíferas, costa afuera del Atlántico sudoccidental”.6 Además, la declaración compromete la creación de una Comisión Conjunta y define hasta seis bloques cada uno de una extensión aproximada de 3500 kilómetros cuadrados.
La nueva estrategia argentina: la “política de seducción”
En el marco multilateral, como ya se ha expresado con anterioridad, la primera decisión tomada por el gobierno de Menem fue la de no promover el debate en la Asamblea General de Naciones Unidas del tema de Malvinas, por considerar que se habían hecho avances en el diálogo bilateral, lo suficientemente importantes, como para debatir el tema en ese organismo, en otras palabras, consideraba que se gastaba mucho en este foro sin lograr grandes resultados excepto resoluciones favorables. En consecuencia, el gobierno argentino decidió (como se menciona arriba) dialogar directamente con el Reino Unido por las Malvinas. Esta estrategia la encuadró dentro de lo que se denominó política de seducción, con la cual se pretendía mejorar las relaciones con Gran Bretaña y los isleños.
La política de seducción estaba basada en dos premisas fundamentales: que el Gobierno y los parlamentarios británicos no se decidirán a negociar la soberanía de las Malvinas si sus habitantes no respaldan ese curso de acción; y que el rechazo de esos habitantes al acercamiento con nuestro país no es monolítico. Sobre la base de estas ideas se desarrollaron un conjunto de iniciativas que no prosperaron como por ejemplo indemnizar a los isleños a cambio de la soberanía de las islas o la soberanía compartida.
Finalmente, en el marco de las acciones bilaterales merece un párrafo especial el acuerdo firmado en Londres el 14 de julio de 1999 por los gobiernos de la Argentina y Gran Bretaña que posibilita entre otras cosas la entrada de ciudadanos argentinos al territorio de las islas presentando sus pasaportes, la construcción en el cementerio de las islas de un monumento en memoria de los soldados argentinos muertos en la guerra del ´82, además que ambos gobiernos tomen medidas cooperativas para evitar las pesca furtiva de especies ictícolas en el Atlántico Sur y la reanudación de vuelos hacia las islas haciendo escala en territorio argentino. El presente acuerdo esta protegido por el principio del “paraguas de la soberanía” establecido en el tratado suscrito por nuestro país y el Reino Unido en 1989 el cual crea un mecanismo jurídico que permite a las partes que tienen un reclamo territorial establecer acuerdos reservando sus respectivas posiciones de soberanía las que no serán afectadas por las decisiones que se adopten en tales tratados.
Los gobiernos de Fernando De la Rua, Eduardo Duhalde y Kirchner
6Ver, Declaración Conjunta sobre “Cooperación sobre Actividades Costa Afuera en el Atlántico Sudoccidental”.
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En primer lugar, el gobierno del presidente De la Rua aprovechó la gran vidriera que le dio el Comité de Descolonización de Naciones Unidas para mostrar el nuevo estilo que tendriá su administracion. En efecto, lejos de los gestos de cortesía y seducción que el ex canciller Di Tella tenía con los habitantes de las islas Malvinas, el canciller Giavarini se mostró parco y distante. En segundo hecho fue un reiterado incidente ocurrido entre unos barcos congeladores argentinos y el sobrevuelo de aviones ingleses sobre aguas en disputas. La Cancillería no quiso desaprovechar esta situación para sobreactuar y dar otra señal de cambio de actitud hacia los isleños. En efecto, la diplomacia argentina dejó en claro que no van a dejar pasar ningún hecho que menoscabe los intereses argentinos sobre las islas sin reclamar o expresar su disgusto.
De ambos acontecimientos se desprende la siguiente pregunta: Cuál seriá el rol que el gobierno de De la Rúa le asigne a los isleños. Cuando la Alianza era oposición entendía que las actitudes de “seducción” que tenía Di Tella con los isleños habría las posibilidades para que estos se transformasen en la tercera pata de la mesa de discusión sobre el tema de la soberanía. Por este motivo, en el Comité de Descolonización Giavarini tuvo una actitud fría (y hasta descortés) al no saludar a los representantes isleños en ese foro.
El gobierno de la Alianza quizo dejar en claro desde el inicio de su gestión que la disputa de soberanía de las islas Malvinas seria entre Argentina y Gran Bretaña y que nuestro país solo respetaría, como establece nuestra Constitución, sus intereses pero no sus deseos (ser independientes).
Según mi análisis, lo que buscaba el gobierno de De la Rúa era un golpe de efecto a nivel interno más que a nivel internacional. Por lo dicho al principio, eligió el tema más sensible a los sentimientos nacionales para marcar la mayor distancia y diferencia posible con la gestión anterior.
Finalmente, existía cierto consenso entre las distintas fuerzas políticas sobre el modelo de política exterior que nuestro país debia adoptar. En consecuencia, los márgenes de acción se reducían pero no se eliminaban. Es allí donde se e esperaba que el nuevo gobierno imprima su propio ritmo y estilo en el diseño y planificación. En definitiva, se esperaba que existiera cierta continuidad y no un cambio brusco en las metas que se perseguían en la relación con Gran Bretaña.
Desafíos de la política exterior de Kirchner hacia las Islas Malvinas. Cambios en la posición de Malvinas
Como gesto de endurecimiento en el tono de sus reclamos por la soberanía en las islas Malvinas, el gobierno de Kirchner tomo dos decisiones que demuestran el cambio de posición de esta administración. El primero de ellos fue el rechazo a aceptar el incremento de vuelos de Lan Chile a las Malvinas si no se comenzaba a discutir la posibilidad de que un vuelo de línea argentina que una el continente con el archipiélago. El segundo, Argentina se negó a firmar un acuerdo de monitoreo de buques en los mares australes provocando el fracaso de la iniciativa.
El gran desafío del actual gobierno argentino es, entre otros, reunir a ambos países en torno a una mesa de negociaciones diplomáticas sobre la soberanías de las Islas Malvinas y concluir con un problema que comenzó en 1833. En efecto, a pesar de los avances en materia de comunicación, pesca, petróleo, medidas de confianza mutua alcanzados entre ambos países en el ámbito del Atlántico Sur, del trabajo conjunto de ambas FFAA en Misiones de Paz de las Naciones Unidas (como el caso de Kosovo y de Chipre) y del muy buen nivel de las relaciones entre ambas naciones (incluso votando en armonía en distintas Resoluciones de las Naciones Unidas) nada de ello a impulsado a Gran Bretaña a levantar la negativa (entre otras) que tiene desde 1982 a sentarse a la mesa de negociaciones y avanzar en la cuestión de fondo de la controversia: la cuestión de la soberanía de las Islas Malvinas.
Otro de los desafíos que tiene por delate nuestra política exterior es transformar en hechos las declaraciones diplomáticas que desde varios años viene sosteniendo Londres con respecto a nuestro país: “Gran Bretaña considera a la Argentina como un aliado”. Sin embargo, todavía persisten ciertos hechos que permiten evidenciar que la verdadera dimensión de esas declaraciones son meramente formales, como por ejemplo, los 2000 soldados británicos en las islas Malvinas, la negativa de Gran Bretaña a levantar por completo las normativas que impiden a nuestro país acceder a cierto material militar y, por supuesto, la negativa a sentarse a hablar del tema de la
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soberanía de las Islas Malvinas. Nuestra política exterior debe conseguir que Gran Bretaña considere a la Argentina como lo hace con España: un verdadero socio y aliado.
Por todo lo expuesto hasta aquí nuestro país debe reforzar la vigencia de la cuestión de las Islas Malvinas en el ámbito de NU reclamando la puesta en marcha de sus Resoluciones que instan a ambos países a solucionar el problema de la soberanía de las Islas; establecer una verdadera política estratégica consensuada a largo plazo entre los diversos actores sociales argentinos alrededor del tema Malvinas; alentar el aumento de los vínculos entre el continente y las Islas con el fin de eliminar resentimientos y miedos lo cual permitirá profundizar el conocimiento y la interacción entre los pobladores de las islas y del continente. Adicionalmente, debe buscarse fortalecer la coordinación de políticas y estrategias con los países del Cono sur en torno a las islas Malvinas; promover e impulsar la participación del sector privado en actividades vinculadas al comercio, intercambio de estudiantes y becas de estudios, etc., seguir bregando por nuestros derechos aportando soluciones imaginativas e ingeniosas con respecto a la cuestión de la soberanía elaborando un traje a medida y respetando los principios establecidos en la Primera Disposición transitoria incorporada a la Constitución Nacional reformada en 1994. En este sentido, se puede estudiar y considerar el ejemplo del Estado libre asociado según el modo de la islas Alland en el Mar Báltico (de soberanía finlandesa, pero con modo de vida sueco) y observar muy de cerca las actuales negociaciones y potenciales resultados entre España y Gran Bretaña en torno al Peñón de Gibraltar; establecer una verdadera política exterior de estado alrededor del tema Malvinas. El corolario de todas estas acciones desarrolladas en su conjunto y de manera armoniosa podrían posibilitar a nuestro país a acercarse al objetivo que persigue desde 1833.